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El Norte de Castilla, 17/6/08

Industrias en la azotea

Martes 17 de junio de 2008 · 2028 lecturas




Industrias en la azotea
El TSJ ha autorizado al Ayuntamiento de Valladolid a regularizar la actividad de las antenas de telefonía, lo que preocupa al autor, que afirma: «A estas alturas nadie ignora (exceptuando los organismos competentes) que estos ’francotiradores de microondas’, apostados en las azoteas, ».

17.06.2008 - ALFONSO BALMORI BIÓLOGO|

QUIÉN nos iba a decir que aquellos espacios amplios y desangelados, cómplices en nuestra huída del tráfico ensordecedor, desde los que se puede observar el panorama de la ciudad a vista de pájaro, iban a convertirse en sede improvisada de industrias tan rentables. El caso es que el Ayuntamiento se ha salido con la suya, en sus planes de regularizar las numerosas antenas de telefonía que coronan los edificios de la ciudad. Su situación, manifiestamente ilegal, negada reiteradamente por sucesivos ediles de urbanismo, tiene los días contados: una sentencia reciente del Tribunal Superior de Justicia, apoya la modificación realizada en el Plan General de Ordenación Urbana de Valladolid para regularizarlas. Sin embargo, el voto particular de la magistrada Ana Ruiz Olalla, que alude, entre otros muchos razonamientos legales, a la calidad de vida y el medio ambiente, es francamente revelador.
A estas alturas nadie ignora (exceptuando los organismos competentes) que estos modernos ’francotiradores de microondas’, apostados en las azoteas, provocan una contaminación invisible que afecta de diferentes maneras a las personas obligadas a soportar su radiación de forma crónica. Por esa razón, aunque bastantes ayuntamientos se empeñen en montarlas y regularizarlas, los ciudadanos no las queremos tener cerca.
Con las microondas, ya se sabe; las personas expuestas acaban padeciendo dolores de cabeza, insomnio, vértigos, fatiga, irritabilidad y otros síntomas, dependiendo de la sensibilidad individual. Para certificarlo, se pueden consultar numerosas estudios, que llegan sucesivamente a esas mismas conclusiones: el realizado por Lilienfeld en la embajada americana en Moscú durante la guerra fría, revisado por Ana G. Johnson- Liakouris y publicado en ’Archives of Envirnmental Health’ en 1998; el del francés Santini (2002) publicado en ’Pathologie Biologie’; el del español Gómez Perretta (2003) en ’Electromagnetic Biology and Medicine’; el del holandés Zwamborn (2003), estudio oficial del TNO; la revisión del polaco Bortkiewicz (2004) en ’Medycyna pracy’; el del austriaco Hutter (2006) en ’Occupational and Environmental Medicine’ o el del egipcio Abdel Rassoul (2006) publicado en ’Neurotoxicology’. ¿Estarán equivocados tantos investigadores y tantos comités de revisión de revistas científicas y tendrá razón nuestro alcalde en que no hay de qué preocuparse? ¿Será una mera coincidencia que las personas que viven en esas condiciones, relaten los mismos síntomas, como saben de sobra muchos médicos de familia?
Con este panorama científico, a ver quién es el guapo que autoriza poner una antena en su casa, o consiente que se la pongan en la del vecino, sin protestar. Todo indica que la desinformación deliberada que pretende imponer la todopoderosa industria, no convence ya a nadie, y eso tal vez explique la existencia de tantos conflictos (casi uno en cada pueblo). Como dice aquella famosa frase atribuida a Abraham Lincoln: «Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo».
No deja de resultar curioso que los pisos altos, englobados en ese estrato en el que el aire tiene una alta densidad ondulatoria, por las radiaciones provenientes de numerosos equipos, son los que más quejas acumulan y los que más se alquilan o venden. Y tampoco parece oportuno tener que vivir encerrados en una jaula de Faraday, para protegerse de las radiaciones externas. Flaco favor a la ciudadanía hacen las administraciones, central y autonómica, silenciando los riesgos de esta tecnología, y contraviniendo el artículo 45 de la Constitución Española ’Todos tienen el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo’.
Un estudio presentado recientemente en un congreso en Baltimore, ha encontrado que los adolescentes que utilizan el móvil con más frecuencia, son más propensos a padecer alteraciones del sueño, intranquilidad, estrés y fatiga que los que no lo usan. Otro trabajo recién publicado en la prestigiosa revista ’Epidemiology’ (índice de impacto: 4,3), por investigadores americanos y daneses, concluye que la exposición materna a los teléfonos móviles está asociada a futuros problemas de comportamiento e hiperactividad, cuando los niños alcanzan la edad de 7 años. En estas circunstancias, no parece de recibo que niños de 8-10 años utilicen móviles; especialmente cuando las propias operadoras advierten: «De forma general y sobre todo durante la conversación, se recomienda alejar vuestro teléfono móvil del vientre de las mujeres embarazadas o del bajo vientre de los adolescentes» (Web de Orange).
Mientras tanto, aquí seguimos escuchando la vieja cantinela de que la radiación no supera los límites legales. ¿Se imaginan tener que soportar un ruido ensordecedor, unos decibelios por debajo de los límites legales, día y noche, y que, ante su protesta, siempre escucharan un vago y monótono: «Está dentro de los límites permitidos»? En las normativas, es necesario tener en cuenta el factor tiempo, ya que, siguiendo con el símil del sonido, un zumbido continuo de unos pocos decibelios, como el de la campana extractora de las cocinas, puede comprometer el sistema nervioso de la persona más equilibrada. Parece una cuestión de sentido común, pero ya se sabe que éste suele brillar por su ausencia.

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